Ay Dios, un mal vocero anda suelto y está en el “Centro” del debate…

22.05.2017 07:23

 

Las metidas de pata de algunos voceros políticos se están convirtiendo en el pan de cada día en Colombia; sus actuaciones salidas de tono los dejan en ridículo a ellos pero principalmente a las organizaciones a las que representan.

Primero fue el gerente de campaña del Centro Democrático por el NO, Juan Carlos Vélez, quien reconoció al diario La República la estrategia usada para ganar el plebiscito. Según el ex candidato a la alcaldía de Medellín,  la campaña se alejó de la argumentación y se hizo basada en mensajes de indignación, compartidos especialmente en redes sociales, y pensados para cada estrato social.

Vélez Uribe olvidó que uno de los principios básicos de la vocería es que el portavoz de una organización planea bien lo que va a decir y nunca dice lo que ha planeado.  "Estábamos buscando que la gente saliera a votar berraca", dijo en una entrevista, en la cual reveló además que expertos asesores de Brasil y Panamá les recomendaron  "dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación".

Los resultados de revelar la estrategia no podrían ser otros: la disminución de la credibilidad en el Centro Democrático y un sentimiento de frustración y engaño por parte de quienes, basados en los mensajes del partido, decidieron votar No en el plebiscito. El triste final, por obvias razones, fue una fuerte afectación de la reputación del partido y de sus dirigentes.

El vocero debe ser escogido no solo por su investidura o cargo sino por su capacidad discursiva, la cual muchas veces no tiene y  debe ser entrenado para ello. Lo primero que debe aprender es que su función más que hablar es la de entregar los mensajes preparados y autorizados por su organización.

Hace poco el turno fue para el diputado antioqueño  José Luis Noreña, también del Centro Democrático, quien confesó durante una reciente sesión de la Asamblea haber recibido 80 puestos en la Secretaría de Educación y pidió revisar su ubicación. Aunque su intervención fue muy corta e incluso el diputado trató de desviar el tema cuando se dio cuenta de su metida de pata, ya era tarde y los asistentes, entre ellos, los periodistas, se habían dado cuenta de su burocrático reclamo.

Olvidó el dirigente dos elementos fundamentales: que si bien hablaba a título personal, representa a un partido y eso lo convierte en vocero del mismo.  Y lo que es peor, como vocero parece no saber que hay que pensar lo que se quiere decir y no hablar de más. Los periodistas buscan los dichos más tajantes, las expresiones más dicientes y puntuales, aquello que se salga de lo común, sobre todo en escenarios informativos tan monótonos como puede ser cualquier Asamblea Departamental.

Si bien el diputado Noreña reaccionó rápido  y emitió un comunicado - pésimamente escrito y sin argumentos por cierto - ya el daño estaba hecho, no solo a su partido sino a la Asamblea y por ende a la gobernación del departamento, pues los periodistas presentes habían replicado el reclamo y lo habían interpretado como una vulgar repartición de cuotas burocráticas.

Falló el diputado en un concepto básico que se le exige a todo buen vocero: proyectar credibilidad y confiabilidad. La primera porque cuando intentó disimular su reclamo y cambiar el tema, ya nadie le creyó; la segunda porque expuso públicamente a sus compañeros de la Duma Departamental, ya que reveló que a los cargos asignados habían sido para todos los diputados.

Cuando hacemos entrenamiento a directivos empresariales, a dirigentes o aspirantes políticos, les insistimos en que la función de un vocero es entregar mensajes, no reaccionar ante preguntas; que todo lo que digan debe ser  calculado y medido en sus posibles efectos. Hablar con la investidura de una institución cobra trascendencia pues la opinión o la información que le entreguen a un público específico operan como una guía para tomar decisiones y para que quien recibe el mensaje adopte una posición frente a la organización.

La galería de frases dichas por políticos, que han sido disonantes y sobre todo peligrosas, es larguísima. Cómo olvidar la célebre: “Meterle plata al Chocó es como perfumar un bollo” del exdiputado Mesa,  o la sentencia del alcalde Peñalosa cuando dijo que “en todas las ciudades del mundo mueren personas esperando una ambulancia”, o la más recordada de nuestro presidente Santos: “el tal paro agrario no existe”. Hay mil ejemplos más.

Quien ostenta un cargo público se convierte en forma automática en un vocero de quienes lo eligieron, del partido que representa y de la entidad pública para la que fue elegido. Esa representación exige responsabilidad no solo para actuar sino también para actuar, por eso es necesario estar preparados para ambas funciones. De lo contrario, seguirán abundando las metidas de pata de voceros mal preparados y seguiremos escuchando frases como la que soltó el Presidente de la Asamblea de Antioquia, Byron Luján, después de escuchar el reclamo de su compañero: ¡ay Dios!

 

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